Memoria 3

 En aquella infancia de frío y barro lo festivo era jugar en la calle y disfrutar la vida que nos tocaba.

Saber que había otros mundos posibles fue achicando el propio.

Así los sueños alcanzados se hicieron pequeños.

Ahora, en la distancia del tiempo vivido los agrando.

Empanadicos que hacía mamá conmigo a su lado, jugando con los recortes de la masa.

En una paellera de barro ponía la harina, hacía un hueco en medio para añadirle los elementos. Agua caliente, levadura adquirida en la panadería, aceite. De sal y azúcar no tengo mucha precisión en mis recuerdos. Lo mezclaba y amasaba. Estirando masa sobre la mesa enharinada. De relleno ponía calabaza cortada fina, como las patatas que aprendí a costar para su tortilla, piñones y uvas pasas. Azúcar y aceite de oliva.

Cuando los tenía sobre un papel que sacaba de los sacos de harina de la pastura de las vacas, con el horno caliente iba colocando uno a uno. En esa cocción entraban mis aportes hechos con los recortes de la masa.

Ese dulce no faltaba. Para la Nochebuena y Navidad. Para fin de año y año nuevo. 

Los turrones se iban administrando a lo largo de esos días festivos.

Y también frutos secos diversos.

De lo más característico de esas fechas, el cardo.

Entonces no había marisco en la mesa. Besugo en pescado y cabrito.

Pasados unos años, cuando adolescente la piña natural acompañaba en los postres, ademas de las mandarinas.

Escarola como ensalada y un buen caldo para la sopa de la comida del veinticinco de diciembre.

Cerca de la vaquería, en el número cinco de la calle Tenerías de entonces, donde hoy está el parque, había huertas.

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